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Inteligencia artificial, futuro del empleo y desarrollo local (I)

El debate acerca del impacto de las tecnologías digitales y la inteligencia artificial sobre el empleo vivió a principios de este año un momento álgido con la publicación del informe del Foro Económico Mundial al respecto. Más allá de las reacciones inmediatas y de la intensa pero efímera atención mediática recibida, la repercusión –y la continuidad- de este debate en nuestro país ha sido más bien escasa y desde luego se echa en falta una reflexión en profundidad desde el ámbito del desarrollo local.

El 2 de enero de 2010 el Washington Post publicó una noticia inquietante: la primera década del siglo XXI se cerró sin crecimiento neto del empleo en Estados Unidos, aun cuando la productividad había crecido considerablemente en este período. Los efectos de la crisis se habían hecho notar, ciertamente, en los últimos años de la década, pero se empezaba a forjar el convencimiento sobre la existencia de una corriente de fondo: el desplazamiento progresivo de personas por tecnología en un número creciente de tareas.

Algunas cifras resultan ilustrativas de ello: la Federación Internacional de Robótica prevé, por ejemplo, un incremento del 15% a nivel mundial hasta 2018 en el mercado de robots, con China liderando la clasificación en la perspectiva de la sustitución de un importante volumen de trabajadores industriales. Y las previsiones apuntan a que los robots realizarán ya en 2025 un 45% de las tareas de manufactura, incrementando la productividad en un 30% y reduciendo los costes de producción entre un 18 y un 33%, y que destacarán también en su aplicación en los sectores agrario, militar, sanitario e incluso financiero.

Pero no se trata únicamente de una cuestión cuantitativa. En la última década los signos del progreso tecnológico en ámbitos como la inteligencia artificial se han hecho notorios: así, en sólo dos años (entre 2011 y 2013) el supercomputador Watson de IBM pasó de ganar un concurso televisivo de preguntas y respuestas a ser capaz de leer en tres minutos un millón de tratados de medicina para ayudar a un equipo médico en el tratamiento del cáncer de pulmón.

Más recientemente, vemos como una gran empresa creada hace 90 años (Volvo) se une a una start-up creada hace 7 (Uber) para impulsar un proyecto que hasta hace poco se podía considerar de ciencia ficción: la conducción automática de vehículos o vehículos sin conductor -humano-, poniendo sobre la mesa el potencial impacto que ello pueda tener sobre el sector del transporte y, por descontado, sobre sus empleos. Hoy en día se considera factible la comercialización al público de este tipo de vehículos para 2025.

El temor al impacto de la tecnología sobre el empleo ha existido desde la Revolución Industrial y hasta el momento no parecen haberse cumplido las visiones catastrofistas de los ludistas del siglo XIX. La tecnología desplaza determinados empleos, pero también crea otros nuevos. Profesiones como app developer o community manager, entre las más demandas actualmente, apenas existían antes de 2010. Sin embargo, existen dos factores muy importantes a tener en cuenta para poder realizar un análisis completo de la situación actual.

En primer lugar, si bien las sucesivas oleadas tecnológicas han creado tanto o más empleo que el que se supone que han destruido, el resultado nunca ha sido neutro, sino que, como relató magistralmente Andrew G. Haldane, Chief Economist del Banco de Inglaterra, en un discurso reciente, se ha producido un efecto de “vaciamiento” del empleo en sus niveles intermedios, mientras que los niveles superiores (más cualificados) y los niveles inferiores (menos cualificados) han sido los que han experimentado en realidad el crecimiento entre sus efectivos. Así pues, la polarización del empleo está servida y parece que va a seguir aumentando.

En segundo lugar, el cambio tecnológico actual incorpora algunas novedades respecto a los anteriores:

  • Los cambios tecnológicos asociados a la revolución digital afectan de manera transversal a todos los sectores, a todas las organizaciones y a todo tipo de tareas. Y ya no sólo sustituyen nuestras manos, sino también nuestros cerebros.
  • La tecnología digital progresa al ritmo de la denominada Ley de Moore, de tal forma que la capacidad de asimilar los cambios tecnológicos y sus impactos en el empleo es mucho menor que en épocas anteriores, cuando la evolución de las innovaciones seguía un ritmo más lento que permitía ajustes progresivos en el empleo.
  • La incorporación del Big Data y de tecnologías como la percepción en 3D, la conexión en red de la capacidad robótica (cloud robotics) o el machine learning permiten a los ordenadores evolucionar y aprender para tomar decisiones de manera independiente y rápida[1].
  • Los sectores emergentes no requieren grandes volúmenes de mano de obra, sino que se basan en el pequeño formato de las iniciativas start-up: Youtube contaba con 65 empleados en el momento en que Google la adquirió, por ejemplo, mientras que Instagram empleaba a 15 personas cuando se incorporó al emporio de Facebook.

Es por ello que personalidades científicas y del mundo empresarial como Stephen Hawking, Elon Musk o Bill Gates han advertido de los peligros de una carrera sin límite ni control en el desarrollo de la inteligencia artificial y que, aunque debemos asumir que el progreso científico y tecnológico es imparable, nuestras decisiones sobre cómo utilizarlo son clave para el futuro de la Humanidad. Sobre cuáles son estos peligros y los retos que nos plantean trata la segunda parte del artículo.

[1] La lista de tecnologías que podemos considerar con capacidad disruptiva es larga y crece día a día: robótica, inteligencia artificial, Internet of Things, impresión 3D/4D, vehículos autónomos, drones, mobile cloud, e-commerce, nanotecnología, biología sintética, realidad aumentada…

Oriol Estela – Coordinador General de la Asociación Plan Estratégico Metropolitano de Barcelona.

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