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El desarrollo Territorial Sostenible desde la Escala Local (I)

La Visión Territorial y Sostenible del Desarrollo

Durante los últimos 25 años se han ido manifestado numerosos procesos de descentralización de competencias hacia niveles subnacionales y supranacionales, en distintos ámbitos geográficos y sociopolíticos (Storper, 1997). Sin entrar por ahora en una valoración de su utilidad y conveniencia, que realizaremos más adelante, lo bien cierto es que este proceso ha hecho emerger con fuerza un ámbito de gobernanza que había sido poco escuchado hasta entonces: “lo local”. Las primeras manifestaciones de esta tendencia corresponden a países con democracias maduras, donde las sociedades han ganado el derecho a asumir, no sin dificultades, una función activa y co-protagonista del proceso político y de toma de decisiones estratégicas (Noguera, 2010). Quizás por eso, ésta tendencia a la descentralización ha tomado, de forma generalizada, un vocablo anglosajón, “devolution”, para expresar los contextos en que las comunidades locales piensan sobre la situación de desarrollo y piensan-actúan sobre el modelo de territorio y de sociedad que quieren alcanzar en el futuro. Este marco permite, a las sociedades locales, dirigir su desarrollo hacia sus intereses y necesidades, aunque con ciertas limitaciones relativas a los procesos de rango superior que actúan sobre toda realidad territorial. La gran diferencia reside en la medida en que las sociedades locales son capaces de modular el impacto de los procesos “de rango superior” hacia sus intereses (Armstrong and Taylor, 2000).

Otro vocablo anglosajón describe a estos entornos territoriales como “empowered”; es decir, “empoderados”. El empoderamiento local permite “crear” soluciones eficaces a los problemas y dificultades que afronta una comunidad local, y contribuye a impulsar las potencialidades locales para alcanzar una situación “óptima” (Beer et al. 2003). Sin embargo, esto sólo ocurre en territorios y comunidades locales que actúan inteligentemente; es decir, desde un marco de reflexión y acción estratégica que incluya un análisis riguroso de su situación presente y la caracterización estricta de la línea de base territorial, la determinación de un modelo preferido y viable de territorio para el futuro, y la identificación e implementación de las estrategias que habrán de permitir alcanzar dicho modelo (Storper, 1997). Todo ello, además, debe realizarse en un marco de honestidad institucional y concertación social.

El ámbito local es el escenario en que se manifiesta la mayoría de los procesos que afectan a la vida de las personas. Lo real, lo que las mujeres y hombres consideran importante, lo que les ocupa y preocupa, lo que les motiva y da esperanza, ocurre principalmente en su entorno inmediato; en “lo local”. Sin embargo, hasta hace poco, la escala local apenas había contado a la hora de diseñar, planificar y gestionar la acción pública, incluso aquella destinada a dar sus resultados en el espacio local. Es cierto que se ha recorrido un buen trecho en el camino hacia la descentralización administrativa. Para darse cuenta de ello basta con echar la vista atrás y recordar épocas, no tan lejanas, en las que las sociedades locales eran consideradas con un sentido paternalista, en el mejor de los casos, y no tenían acceso ni influencia sobre la estrategia de desarrollo para sus territorios porque, de hecho, ni había estrategia, ni había consciencia de estar actuando sobre realidades territoriales diferenciadas. La consolidación de sistemas democráticos y el reconocimiento del valor de la descentralización y la autonomía local, junto con los sucesivos impulsos de algunos organismos nacionales e internacionales (la Unión Europea, algunas Bancas Públicas de Desarrollo Iberoamericanas, la CEPAL, algunas acciones del BID, entre otros), a través de programas y estrategias centrados en el desarrollo endógeno y “de abajo a arriba”, han sentado las bases y otorgado la oportunidad para que los territorios se doten de las estructuras y herramientas necesarias para convertirse en “protagonistas” de su desarrollo. Sin embargo, la realidad es que la mayoría de territorios y sociedades locales han dejado pasar, de manera negligente, estas oportunidades, centrados como han estado en una gestión cortoplacista, que no ha atendido a las verdaderas necesidades de los ciudadanos, y mostrándose incapaces de construir una acción a largo plazo, mediante pactos locales que permitiesen superar una discusión partidaria tan pertinaz como carente de sentido; tan improductiva como dañina; tan corrompida como incapaz de dar respuestas constructivas (Noguera, 2009b).

Tras muchos años de esfuerzo a través de acciones de política regional, de cohesión territorial, de cooperación al desarrollo, etc., la pregunta fundamental, la que marca y marcará la diferencia entre territorios y comunidades locales, no apunta a la disponibilidad de recursos, a la accesibilidad, a la posición tecnológica o en materia de innovación. No apunta tampoco a la especialización en actividades productivas en auge, a la modernización empresarial o a la singularidad. Todos y cada uno de estos aspectos, tomados de forma aislada, pueden estar contribuyendo, en el medio y largo plazo, al desequilibrio, la pérdida de calidad de vida, la exclusión y el incremento del riesgo de exclusión, y el incremento de la dependencia de los mercados y la financiación externa.

Podemos, por el contrario, enfocar la pregunta de otro modo: ¿En qué medida todas las oportunidades asociadas a los procesos de descentralización y traspaso de competencias, han sido o están siendo aprovechadas para avanzar hacia sociedades locales maduras, participativas, con una mirada estratégica hacia el futuro, y con la puesta a punto de herramientas técnicas y políticas que les permitan afrontar, con garantías, los retos de la mundialización y de sus propios contextos territoriales? Desde una perspectiva teórica, la escala local permite poner a punto soluciones óptimas a los problemas e impulsar las potencialidades para alcanzar una situación de desarrollo “sostenible”, pero esto sólo ocurre en aquellos territorios en los que se actúa con inteligencia, partiendo de un reconocimiento riguroso de la realidad que permitirá la identificación y el diseño de un modelo de territorio y sociedad para el futuro; un futuro al que se caminará de la mano de una estrategia compartida, y todo ello en un marco de honestidad y concertación social.

Si nos atenemos al sistema político-económico dominante, la globalización y las economías abiertas de mercado son el marco ideal para una competencia entre regiones y territorios, no necesariamente constructiva. El capitalismo abierto y la globalización han favorecido, no cabe duda, el movimiento de las mercancías, la información y la innovación. Sin embargo, lejos de proporcionar un modelo equitativo, de equilibrios y sostenible, este modelo consolida y genera nuevas dependencias derivadas de la colonización económica, propone un modelo ambientalmente insostenible basado en la sobreexplotación de recursos no renovables y en un transporte intensivo, que es la principal causa del sobrecalentamiento global y del efecto invernadero, crea relaciones de dependencia de los más débiles a los más poderosos, y favorece una tendencia hacia la unificación de la cultura y el pensamiento a través de procesos de homogeneización (Pike et al. 2002). En el marco de este modelo, el único camino que se ofrece a las sociedades locales es competir mediante diversos tipos de estrategia que van desde la introducción y difusión de innovaciones, a la hiper-flexibilización del sistema productivo local en función de una demanda que suele ser mayoritariamente exógena. La acción institucional se orienta a la utilización intensiva de los recursos locales para mantener la competitividad en el mercado global (Malecki 1997; Chesire and Gordon, 1998). Es el modelo dominante bajo el que sobrevive la mayoría de los territorios. Su desarrollo efectivo tiene dos consecuencias: la primera, la existencia de crisis recurrentes causadas por la lógica de ganadores y perdedores que impone el sistema capitalista y que afecta con crudeza, y de forma continuada, a las regiones y territorios que quedan excesivamente expuestos al endeudamiento y a los mercados, o a aquellos que se encuentran en las etapas de madurez y declive en sus especializaciones productivas (Haughton and Counsell. 2004). La segunda consecuencia es que los territorios se adentran en una especie de “huida hacia adelante” en términos de innovación, para ganar, o al menos mantener, su competitividad y actividad económica. Es un modelo de ganadores y perdedores, basado en una lógica insostenible de crecimiento, especulativo, y centrado en las necesidades de los mercados, en el que nada garantiza el bienestar, la prosperidad y la calidad de vida para cualquier territorio.

No parece que vayamos a llegar muy lejos por ese camino. El crecimiento demográfico descontrolado que afecta al planeta, la aspiración a unas pautas de consumo que son claramente inalcanzables para el conjunto de la humanidad, hacen de aquel modelo una bomba de relojería que puede detonar en cualquier momento y por múltiples causas (hambrunas por carestía de alimentos o por cosechas perdidas, privatización y restricciones en el consumo de agua, riesgos naturales con efectos más catastróficos que nunca debido a la presión sobre el territorio y a la vulnerabilidad de instalaciones estratégicas, problemas de seguridad y criminalidad asociados a los desequilibrios generados, etc.) (Krugman 1995). Podemos, alternativamente, optar por llevar a la práctica los principios del desarrollo local, y embarcarnos en un proyecto centrado en la consecución de una sociedad local empoderada, que participe y sea co-responsable de su propio desarrollo, y que pueda proponer e “imponer” un “pacto” con la globalización y el sistema capitalista, para evitar que, en la siguiente “crisis”, la riqueza, el bienestar y la prosperidad sean engullidos por el absurdo, injusto e ineficaz funcionamiento del capitalismo global. El pacto local con el sistema global implica una serie de renuncias a cambio de ganar en seguridad, soberanía y verdadera calidad de vida. Es entonces cuando podemos comenzar a hablar de “desarrollo local sostenible”, con una sociedad responsable y activa, que exige de sus tomadores de decisiones capacidad, honestidad y mirada estratégica (Alburquerque, 2004). La disputa partidaria pierde sentido, al menos en todos los ámbitos fundamentales del proceso de desarrollo, y queda reducida a detalles asociados a las diferentes ideologías existentes. Desde esta alternativa, las sociedades locales poseen un proyecto de futuro; un proyecto compartido por los actores locales que se han implicado en su diseño y gestión (Morgan, 2004). La gobernanza local se transforma en un “espacio institucional neutral” compuesto por un conjunto de alianzas entre los representantes de las sensibilidades locales que toman las decisiones por consenso, de forma natural. El debate y la discusión de ideas es fundamental, pero su resolución resulta sencilla ya que se tiene como punto de referencia una estrategia de desarrollo compartida y consensuada. Una estrategia que no es propiedad de nadie sino que es patrimonio de todos. Una estrategia que, más allá del crecimiento económico, el acceso a nuevos mercados, la provisión de infraestructuras o equipamientos, la creación de empleo o la innovación, tiene como finalidad principal conseguir y mantener unos niveles adecuados y, si es posible crecientes, de bienestar y calidad de vida para los habitantes del territorio, dentro de un modelo de sociedad sostenible (Noguera 2009a). Y todos los demás elementos mencionados adquieren mayor o menor relevancia en función de su contribución a esta finalidad principal de la estrategia de desarrollo (Izquierdo, 2002).

De esto trata el desarrollo local sostenible. Ya en pleno siglo XXI, en un mundo cuya población crece desmesuradamente, donde las desigualdades se incrementan cada día, en el que la capacidad de transformación de la tecnología ya afecta al ecosistema global de formas que todavía no conocemos bien, es el momento de optar por sociedades locales co-responsables y por gobiernos que pongan el acento en la consecución de espacios de sostenibilidad. La escala local es, sin duda, privilegiada para comenzar a intentarlo (Vázquez Barquero, 2002). La medida en que consigamos que los principios del desarrollo local sostenible se implementen en nuestros territorios será la medida en que alcanzaremos, poco a poco, un lugar más próspero y viable para nosotros y para las generaciones que nos seguirán (Noguera and Morcillo, 2012).

Y que no les engañen: no hay alternativa.

(Continuará la próxima semana)

Joan Noguera Tur – Instituto Interuniversitario de Desarrollo Local. Universidad de Valencia (España)

Joan.noguera@uv.es

www.iidl-valencia.es

www.locsus.com

1 Comentario

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