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Crecimiento económico y distribución del ingreso

En economía la distribución del ingreso suele hacerse depender, por lo general, del avance en el crecimiento económico cuando, en realidad, se trata de procesos paralelos que deben complementarse. Acabo de leer un artículo en Internet de Bruno Susani, Ex Consejero Regional de Francia, en el cual se recuerdan las relaciones existentes entre la distribución del ingreso y el crecimiento económico, señalando que las mejoras en la distribución del ingreso constituyen un acicate importante para el crecimiento económico y el empleo de un país o territorio, toda vez que el aumento de los ingresos de los grupos de menor renta conlleva el incremento de la demanda global de la economía, dada la elevada propensión al consumo de estos grupos, los cuales suelen gastar casi todos sus ingresos en el consumo de productos básicos.

Este hecho fortalece –además- las posibilidades de las economías locales, aunque es necesario incorporar una coherencia mucho mayor desde el punto de vista de la sostenibilidad ambiental de los procesos de producción y consumo, a fin de avanzar en la proximidad de los mismos y en el despliegue de una banca territorial guiada esencialmente por la colocación regional de sus depósitos en actividades productivas locales.

No ocurre lo mismo con los grupos de alto ingreso, los cuales solo gastan un porcentaje reducido de sus ingresos en bienes de consumo esencial y, por tanto, la tasa de crecimiento de la demanda global en la economía es mucho más reducida, al ser el nivel de atesoramiento de estos grupos mayor. Asimismo, la mayor capacidad de ahorro correspondiente a los grupos de alto ingreso no siempre se orienta al aumento del potencial productivo y de empleo de una economía, ya que buena parte de ese atesoramiento de riqueza en los grupos de alto ingreso suele dirigirse a la búsqueda de beneficios en aplicaciones financieras o especulativas, en desmedro de las aplicaciones productivas y de empleo. Igualmente, la demanda de bienes de lujo relativo suele atenderse, por lo general, mediante productos importados, reduciendo la posibilidad del mayor valor agregado y articulación de la estructura económica que conlleva la producción interna, e incrementando el desfavorable impacto ambiental en términos de CO2 que implican las actividades de transporte a distancia.

Por otra parte, el incremento de las exportaciones no precisa de aumentos salariales internos para la adquisición de estos productos, de modo que dicho proceso colabora a los mayores ingresos relativos de los beneficios empresariales en mayor medida que al aumento de las rentas salariales del conjunto de la economía. Las exportaciones no son pues un mecanismo para la mejora de la distribución del ingreso en una economía, aunque proporcionen grandes beneficios a las empresas encargadas de esta producción, e incluso a las rentas salariales de los que trabajan en ellas. Tampoco ayudan al despliegue de procesos de acercamiento de la producción y el consumo con el fin de reducir el impacto en términos de CO2.

En el contexto de una política fiscal regresiva como la desplegada a partir de los años ochenta, orientada a la reducción de los impuestos directos (que son aquellos que gravan más a las rentas más altas y a los beneficios de las grandes empresas), la eliminación de los impuestos de donaciones y de patrimonio, o la continuidad de la fuga de capitales permitida a través de los paraísos fiscales, se comprende la falta de dinamismo interno de las economías relacionada con el deterioro observado en la evolución de la distribución del ingreso, con una concentración creciente del mismo en los grupos de rentas altas.

En Estados Unidos, por ejemplo, se pasó de una situación en 1982, en la cual el 10 por ciento de los hogares más ricos retenía el 34 por ciento de los ingresos totales, a otra en la cual la concentración de ingresos en el grupo de hogares ricos se elevó al 50 por ciento en 2007. La situación de concentración del ingreso es todavía más impresionante si se advierte que sólo el uno por ciento de la población de mayores ingresos pasó de retener el 10 por ciento del ingreso global a mediados del siglo XX a representar el 23 por ciento en el año 2011.

La evolución reciente del crecimiento económico y la distribución del ingreso en Argentina y Brasil muestra cómo actuaciones de política pública pueden enfrentar esta situación. En Argentina, según recuerda Susani, el 10 por ciento de la población que percibe ingresos más bajos pasó de representar el 0,7 por ciento del Producto Interno Bruto en el año 2003 al 2 por ciento en 2012, mientras que el 10 por ciento de la población con mayores ingresos pasó del 39,3 por ciento al 28,2 por ciento en ese mismo periodo. El caso reciente argentino muestra como una redistribución del ingreso en favor de los sectores sociales más pobres ha permitido mantener una tasa importante de crecimiento económico, lo que equivale a señalar que la equidad social es parte fundamental del crecimiento económico. Por otro lado, la mejora de la calidad de vida de la población en el Brasil actual se explica fundamentalmente por la mejora en la distribución del ingreso en beneficio de los grupos más pobres y el fomento del desarrollo local. Brasil ha disminuido considerablemente la brecha entre ricos y pobres en la última década, lo que le ha permitido reducir la pobreza a la mitad.

En España la situación de desigualdad tiene sus raíces más próximas en la dictadura franquista tras la guerra civil. Después de ello, en la limitada democracia monárquica que conocemos, pese a la existencia de algunas intervenciones públicas durante los gobiernos del PSOE, no se ha logrado abandonar el grupo de los países más desiguales de la Unión Europea. Tal como ha señalado Viçenc Navarro, desde los años ochenta el 0,1 por ciento de los hogares más ricos ha registrado un incremento de sus rentas del 40 por ciento, mientras que el de la gran mayoría de la población fue solamente del 11 por ciento.

El pensamiento conservador en economía considera que el análisis de la distribución del ingreso no es relevante ya que el funcionamiento libre de los “mercados”, se ocupa de fijar los precios y los salarios, a fin de conseguir el pleno empleo a largo plazo. De esta forma, este pensamiento sigue aferrado a la llamada “ley de Say”, un economista francés del siglo XIX que afirmaba que la oferta productiva genera su propia demanda, esto es, los beneficios y salarios distribuidos permiten comprar el conjunto de la oferta de bienes producidos. Pero, como en su día ya señaló Keynes, la “ley de Say” no funciona en sociedades modernas en las cuales una parte de los salarios y –sobre todo- de los beneficios, pueden ser ahorrados o atesorados, siendo entonces la demanda inferior a la oferta. Así pues, en situaciones regresivas de la distribución del ingreso suele darse una demanda global inferior, así como elevados niveles de fuga de capitales hacia un atesoramiento financiero o especulativo, dando con todo ello situaciones de crecimiento económico y empleo reducidos.

Cuando se habla de la necesidad de cambiar el modelo de crecimiento económico vigente estamos hablando, pues, de algo no menor, que implica –sobre todo- cambios culturales y de perspectiva hasta hoy predominantes en los cuales lo local y la gente deben cobrar un protagonismo obligado en democracia. Lo contrario es seguir una carrera con reglas impuestas desde el poder y donde una gran mayoría queda alejada de los beneficios de una vida mejor, algo a lo que no puede ni debe renunciarse desde un punto de vista humano y social.

Francisco Alburquerque – Especialista en Desarrollo Económico Local

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