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La versión neoliberal de la competitividad. Una mirada desde lo local

A lo largo de las últimas décadas se ha ido difundiendo, con la eficaz ayuda de los medios de comunicación de masas así como de las llamadas “Escuelas de Negocios” y las Facultades de Ciencias Económicas y Empresariales, un concepto de competitividad, que es utilizado de forma tan extensiva como abusiva, como si se tratara no solamente de un objetivo deseable a conseguir en los diferentes ámbitos de la sociedad, sino como criterio de comportamiento y organización en la misma.

Por supuesto, existen otras interpretaciones de dicho concepto menos conocidas, las cuales resaltan el carácter sistémico del mismo, esto es, el hecho de que no se trata tan sólo de un aspecto vinculado al carácter agresivo frente a los demás elementos, componentes y actores sociales, ya se trate de un mercado o de un determinado ámbito social, educativo, cultural o deportivo.

El carácter sistémico de la competitividad subraya la necesidad de incorporar los diferentes niveles de análisis del desarrollo, esto es, el nivel meta (que resalta la importancia de los valores y la visión colectiva consensuada por una comunidad), el nivel meso (referido a la intermediación necesaria entre los diferentes actores, la articulación público-privada y la eficiente coordinación interinstitucional), el nivel micro (que alude a la necesaria adecuación de las actuaciones de innovación, educación, formación, empleo, sostenibilidad ambiental y promoción productiva según las diferentes circunstancias sociales e institucionales de cada ámbito territorial, local o comarcal), y el nivel macro (cuyas actuaciones deben facilitar la apertura de los espacios de discusión y aprendizaje colectivo desde cada territorio o ámbito regional o local). En otras palabras, desde esta otra concepción del carácter sistémico de la competitividad se subrayan los elementos de cooperación que conlleva el ejercicio de la misma, de forma diferenciada a la versión neoliberal del citado concepto, que es la que entre nosotros parece haberse instalado, desafortunadamente, de forma extensiva.

En efecto, la versión vulgar o neoliberal del concepto de competitividad sugiere un carácter agresivo y poco cooperativo entre los diferentes actores, individuos y unidades productivas, como si de ello dependiera la solución de todos los problemas, la superación de la crisis económica y la organización de la sociedad. De ese modo, la vieja prédica de Adam Smith acerca de las ventajas de la persecución del mayor egoísmo individual por parte de los diferentes actores socioeconómicos para conseguir los mejores resultados colectivos, se ve reforzada por esta apelación a un criterio de competitividad entre dichos actores como regla para el éxito económico y social.

Pues bien, ni la búsqueda del mayor interés individual conlleva al bienestar colectivo, ni la alusión a la competitividad en la versión neoliberal de la misma, constituye una regla para la mejora de la organización de la sociedad. En su lugar, es preciso utilizar un enfoque mutidimensional del desarrollo desde cada uno de los diferentes ámbitos locales o comarcales, que constituyen las principales unidades de intervención para la aplicación de políticas tan decisivas como son las de educación, investigación, innovación y desarrollo, empleo, formación profesional según los requerimientos de cada territorio, sostenibilidad ambiental, y promoción del entramado productivo y empresarial correspondiente.

Ninguna de esas políticas son genéricas, y esa es la limitación que poseen los diseños de carácter centralista, o los guiados exclusivamente por el interés o la atención exclusiva a los grandes negocios o las exportaciones. Hay que atender al conjunto total del tejido productivo, donde las microempresas y pequeñas empresas o unidades de producción cooperativa desempeñan un papel fundamental desde el punto de vista económico, de empleo y, por tanto, de cohesión social.

Estas afirmaciones no solamente son válidas para criticar las decisiones de carácter estatal, sino que también deben citarse frente a algunas de las rutinas de funcionamiento de entidades de carácter regional, cuando éstas se distancian de sus funciones como entidades de difusión de los elementos de innovación productiva e institucional en el conjunto del entramado productivo local y comarcal. En mi opinión, esta es la situación que en la actualidad se advierte para un observador foráneo como el que escribe, respecto a una entidad como la SPRI que si bien desempeñó en el pasado un papel catalizador del desarrollo regional en el País Vasco, hoy parece limitarse únicamente al fomento de actividades de los grandes grupos orientados a la exportación. Por supuesto, es una impresión personal, pero me gustaría resaltar el escaso enlace existente entre las Agencias de Desarrollo Local y Comarcal como entidades fundamentales e imprescindibles para la difusión de las innovaciones en el conjunto del entramado productivo y empresarial y las actividades de la citada SPRI, otrora entidad que formaba parte de las “buenas prácticas” internacionales como agencias de desarrollo regional y que hoy hace tiempo que dejaron de serlo para algunos de nosotros, modestos asesores en desarrollo económico territorial.

No es sólo a través de la denominada competitividad empresarial que se alcanzan los mejores resultados en los mercados. Esto no es posible sin la presencia de entornos territoriales apropiados, que incorporen las infraestructuras, servicios y aspectos socioinstitucionales favorables a la educación básica, la formación técnica y profesional, la salud, el desarrollo rural y urbano, la investigación para la innovación y desarrollo, el abastecimiento de agua y energías renovables, la gestión de residuos, entre otros aspectos sustantivos, sin los cuales la competitividad empresarial no puede tener lugar.

Algunos autores han tratado de resumir esta circunstancia señalando que el entorno territorial y socioinstitucional puede definirse como la “competitividad territorial” que acompaña a la competitividad empresarial. Pero esto tiene la desventaja de subsumir los bienes colectivos en la lógica de los mercados, lo cual es invitar a la confusión. Por ello prefiero situarme del lado de los que afirman que el criterio competitivo no puede alzarse como regla de funcionamiento social o económico, ya que se precisa de un ejercicio permanente de cooperación territorial para construir la oferta de bienes colectivos en cada territorio, esto es, las condiciones del desarrollo económico, social, institucional, ambiental y humano.

No es, pues, apelando al egoismo individual o a la competitividad entre los distintos actores como se alcanza la mejor organización social y el desarrollo humano. Es a través de un ejercicio consciente de creación de espacios de reflexión y participación ciudadana desde los distintos ámbitos locales y comarcales donde vivimos, y buscando la mejor coordinación institucional (vertical y horizontal) entre las diferentes administraciones públicas y organismos de fomento, así como entre los distintos actores públicos, privados y asociativos.

Francisco Alburquerque – Especialista en Desarrollo Económico Local

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