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014-01-2013Krisia / Crisis

La crisis financiera y la crisis industrial, dos fenómenos relacionados

Según Jeremy Rifkin (La Tercera Revolución Industrial, 2011), la brusca subida de los precios del petróleo en la primera década del siglo XXI (desde 24 dólares/barril en 2001 a 147 dólares/barril en 2008), marca el inicio del fin de la era de los combustibles fósiles. Dicha subida se trasladó al resto de los artículos básicos en los cuales el petróleo es un insumo estratégico. En efecto, el petróleo forma parte de los insumos básicos de numerosas cadenas de valor como la industria química y petroquímica (fertilizantes, pesticidas, plásticos, etc.), la industria de la construcción, la industria del cemento, la producción agraria y la producción de alimentos, la industria del transporte y del automóvil, la industria farmacéutica, la industria textil, la industria eléctrica (calefacción, iluminación), la industria metalmecánica, etc. El petróleo es, por tanto, un insumo estratégico en la actual civilización dependiente de los combustibles fósiles. Además, en un mundo en el cual el 40% de la población humana vive con menos de dos dólares por día, las variaciones de los precios de los productos básicos implican riesgos muy elevados.

El colapso financiero de 2008 desencadenado en EEUU y extendido luego en la Unión Europea, vino a sumarse a esta situación de agotamiento del modelo energético basado en el petróleo y los otros combustibles fósiles. Para Rifkin, sin embargo, no se trata de fenómenos independientes. La burbuja financiera y el aumento del déficit público guardan relación con la decadencia de la era del petróleo. De modo que las políticas que siguen enfrentando la crisis actual como si sólo se tratara de un tema financiero, no están llegando a la verdadera raíz de la misma.

En 2008 se habían alcanzado ya los límites del tipo de crecimiento económico dependiente del petróleo y otros combustibles fósiles. Se trata del final de la Segunda Revolución Industrial y de la era del petróleo en la que se basó la misma. En ese sentido, parece claro que hay que cambiar el régimen energético y el modelo industrial actual. La crisis actual no es sólo una crisis financiera. Es también, una crisis industrial.

Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE) el techo de la producción global de petróleo se produjo en 2006, al llegar a los 70 millones de barriles diarios. Según la AIE, para mantener la producción de petróleo a un ritmo constante próximo a esa cifra es necesario invertir la impresionante cifra de 8 billones de dólares durante los próximos 25 años, a fin de continuar bombeando el petróleo que queda en los pozos existentes y que resulta cada vez más difícil (y más caro) de extraer. Asimismo, habría que perforar los yacimientos de menor rendimiento o de peor crudo ya existentes, y realizar nuevas prospecciones, cada vez más complicadas, ya que el crudo recuperable del planeta es cada vez más escaso, llevando consigo –además- su extracción riesgos de contaminación ambiental mucho más elevados, como se mostró en el accidente ocurrido en el Golfo de México, en abril de 2010, debido a la explosión y derrumbe de la plataforma petrolera de la Compañía British Petroleun, a 80 km de la costa de Luisiana. Hay que recordar, además, que el techo del petróleo disponible por habitante (esto es, haciendo el supuesto de que todos pudieran consumir lo mismo) se registró bastantes años atrás, en 1979. Y es que, aunque desde ese momento ha habido nuevos descubrimientos de pozos petrolíferos, la población mundial ha crecido con mayor rapidez.

El importante crecimiento de las economías de los “países emergentes” (China, Brasil, India, Sudáfrica, entre otros) ha venido a incrementar, además, la presión de la demanda sobre las reservas de crudo existentes, impulsando el precio del petróleo al alza. Existe, pues, una relación entre el incremento de la producción económica y el aumento de los precios del petróleo. En el año 2010, según la AIE, el monto total de las importaciones de petróleo de los 34 países de la OCDE se elevó desde los 200.000 millones de dólares US al comienzo de ese año hasta los 790.000 millones al término del mismo. Los países en desarrollo vieron también encarecerse de forma importante sus importaciones de petróleo.

Todo esto supone que la tensión hacia el incremento del precio del petróleo, debido al elevado ritmo de crecimiento económico de los países emergentes, seguirá en estos próximos años, lo que impulsará un nuevo aumento de los precios de los demás bienes y servicios, agudizando el desplome del poder adquisitivo general y llevando a la economía mundial cerca del colapso. Cada nuevo esfuerzo por recuperar el crecimiento económico de la pasada década tenderá a detenerse debido a la subida del petróleo. Esta es la situación a la que Rifkin se refiere cuando habla del final de una era.

Las actividades especulativas en los mercados de futuro del petróleo y los alimentos han agudizado (y siguen agudizando) esta situación, aunque no son la explicación principal del problema. Además, esta presión que ejerce la creciente demanda agregada de petróleo sobre unas reservas menguantes se ve agravada por el aumento de la agitación política en Oriente Medio y Próximo. La contestación creciente de las generaciones más jóvenes a los regímenes autocráticos de esa parte del mundo puede acabar incidiendo en situaciones de inestabilidad política y aumentos del precio del crudo.

No cabe, pues, otra opción razonable que la de intensificar la búsqueda de otro sistema energético y modelo industrial, buscando las formas de ahorro de energía y materiales en los procesos productivos y productos, y retomando la apuesta por las energías renovables. El acercamiento de los lugares de producción y consumo de bienes y servicios debe ser, igualmente, otro de los criterios a contemplar, a fin de reducir el importante impacto en CO2 que implica hoy día el transporte y el comercio a larga distancia. Tal como señala la Fundación para la Nueva Economía (www.stro-ca.org/es), en 2004 el Reino Unido importó de Alemania 1,5 millones de kilos de patatas, a la vez que exportó a Alemania igualmente 1,5 millones de kilos de patatas. Del mismo modo, importó de Francia 10,2 millones de kilos de leche y nata, y exportó a ese país 9,9 millones de kilos de leche y nata. En ese mismo año el Reino Unido importó 17,2 millones de kilos de galletas recubiertas de chocolate y exportó 17,6 millones de kilos del mismo tipo de galletas. Importó cerveza por valor de 310 millones de libras esterlinas y exportó cerveza por valor de 313 millones de libras esterlinas. El Reino Unido importó en 2004 hasta 44.000 toneladas de porciones de pollo deshuesado y congelado, a la vez que exportó 51.000 toneladas de ese mismo producto. Todos estos datos pueden ser buenos para el comercio internacional, pero no lo son necesariamente para las personas ni, desde luego, para el planeta (Jordi Pigem: Buena crisis. Hacia un mundo postmaterialista, 2009).

Este es un escenario que, en mi opinión, las Agencias de Desarrollo Económico Local y Comarcal en el País Vasco deberían contemplar con la mayor atención ya que las energías renovables no exigen grandes instalaciones centralizadas de producción energética sino estrategias de abastecimiento territorial de energía, utilizando para ello las diversas modalidades de fuentes de energía renovable (solar, eólica, biomasa, entre otras).

Francisco Alburquerque – Especialista en Desarrollo Económico Local

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