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Garapenen bloga

014-05-2012Krisia / Crisis

Llegó el cambio, pero ¿cuál de ellos?

Llevábamos muchos años repitiendo la célebre frase de que lo único constante es el cambio. Pero la crisis que vivimos  hace que el cambio adquiera un nuevo significado. Dicen que esto ya no volverá a ser lo que era. Se habla de cambio de paradigma. Pero no somos capaces de explicar lo que esto realmente implica.

Sin embargo, empezamos a asimilar que la supervivencia de nuestro tejido productivo requiere transformación. Recuerdo un comentario que ya antes de la crisis realizaba en una reunión el director general de una empresa. Decía que muchos pensaban que la empresa era como la iglesia del pueblo, que ya estaba allí cuando nacieron y seguiría allí cuando murieran. Señalaba que en menos de diez años llegaría el momento en que su empresa, concebida tal y como era en aquel entonces,  no  tendría posibilidad de sobrevivir. La reflexión en torno al comentario fue que era necesario, sin alarmismo, generar cierta sensación de crisis. Prepararnos para reaccionar ante el cambio que necesitábamos generar para sobrevivir. Unos años después llegó “la” crisis y a pesar de todos los avisos, nos pilló por sorpresa.

La situación actual nos lleva a aplicar en el desarrollo territorial la misma receta que aplicamos en casa, hacer más con menos dinero. Es en este  contexto en el que toma fuerza el concepto de especialización inteligente. Hemos asumido que muchas de las actividades económicas que nos han permitido desarrollarnos hasta ahora no van a seguir permitiéndolo. Hay que migrar hacia otro tipo de actividades con mayor futuro. El concepto de especialización inteligente nos señala un camino de sentido común. Evolucionar hacia esas actividades haciendo un uso inteligente de las capacidades que nos aporta nuestra experiencia e integrando con ellas otras nuevas que deberemos adquirir. Se apunta en este sentido que las tecnologías de uso genérico como las biotecnologías o las tecnologías de la información y comunicación pueden jugar un papel relevante en la transformación de las actividades que han sido tradicionales.

Frente a este reto, se abre el debate de la relevancia o no de lo local en esta transformación. Las grandes apuestas en torno a las tecnologías de uso genérico requieren ser realizadas en ámbitos territoriales de mayor tamaño. Las políticas de ciencia y tecnología no se gestan a nivel local. ¿Pero cómo va a llegar este conocimiento a conectar con las empresas de nuestro tejido productivo? ¿Dónde están las personas que pueden visualizar y ayudar a materializar estas conexiones? No es una cuestión cerrada.  Hay visiones divergentes sobre la necesidad de contar con un tejido denso y bien articulado de apoyo a este proceso  y la necesidad de evitar el despilfarro que algunos atribuyen a la existencia de un tejido redundante en el que se superponen competencias y actuaciones.

La disyuntiva planteada no puede responderse, sin embargo, teniendo en cuenta criterios exclusivamente de innovación tecnológica y mercados.  Hay otra línea de pensamiento que se fortalece con la crisis. Es aquella que se pregunta si podemos asumir que mejorar en los mercados es suficiente,  o hay algo más profundo que está cambiando. Hay cada vez más voces que apuntan a que la reflexión no debe ir exclusivamente por la vía de la innovación tecnológica, sino que hay que asimilar el concepto de innovación social. Se trata de innovar en cómo nos organizamos como sociedad para dar respuesta a las necesidades que tenemos, sin que dichas soluciones tengan que pasar necesariamente por los mercados. De esta innovación llevamos años hablando, pero a la hora de la verdad, cuando hay que actuar y apostar por soluciones, queda difuminada ante la innovación tecnológica. Uno de los argumentos de quienes trabajan este concepto es que llevamos años dejando que sea la lógica de mercado quien señale el camino a seguir. Las políticas sociales se adaptan a dicho camino, sin posibilidad de debatir y decidir cuál es el modelo de sociedad que queremos. Algunos de los autores en esta línea proponen darle la vuelta a este sistema. Proponen definir primero cuál es el modelo de sociedad al que aspiramos, y después pensar en cuál es el modelo económico que se adapta al mismo. En una época marcada constantemente por el dictado de los mercados esto suena a utopía. Sin embargo, la sensación de que no todo se explica por la tecnología y los mercados crece.

Muchos de los que hablan de la innovación social señalan que es en lo local donde se pueden experimentar nuevos modos de gobernanza más inclusivos, en que cada uno de nosotros pueda encontrar más fácilmente el espacio en el que contribuir a esta transformación.  Un desarrollo territorial más participativo, que se dota de nuevos modos de gobernanza parece requerir un papel relevante del nivel local. Es posiblemente la sensibilización que exista a este nivel y la capacidad de materializar estas ideas en acciones lo que determine que este papel se acabe jugando o no.

Miren Larrea – Investigadora Sénior en el Departamento de Territorio, Innovación y Clústers de Orkestra-Instituto Vasco de Competitividad

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